Para que la sociedad mantenga su nivel de bienestar y de progreso, es preciso conectar el talento con los recursos, y al revés. Entre otras cosas porque una sociedad anticuada acostumbra a ser pesimista, y eso no ayuda a la hora de generar la nueva demanda que los inquietos precisan para poder diseñar, realizar y vender el resultado de su talento.
En la metáfora del árbol en el dibujo, de nada le sirve a un árbol tener buenas hojas y buenas raíces, si no dispone de un tronco que las conecte. Los nuevos nutrientes que captan las raíces, ininterrumpidamente, deben llegar a la parte superior del árbol para que nazcan las hojas que permitirán respirar al árbol. Sin tronco, no hay árbol. Sin middleground no habrá progreso. Algo que quizás no era necesario hace unas décadas, pero que resulta imprescindible en una era marcada por los ciclos de vida cortos, la aceleración de la conversión de ideas en valor, y la innovación como mecanismo fundamental de supervivencia de las organizaciones
La pregunta sobre cuál es la izquierda y la derecha: lo zurdo y lo diestro no existe en economía.Gracias a las leyes de la oferta y la demanda, de la competencia y de la búsqueda por cada individuo de lo que más le conviene, se produce un orden espontáneo de los recursos de la sociedad, el que dispongamos de comida en una ciudad no es consecuencia de la filantropía del carnicero, sino de su búsqueda de una forma de ganarse la vida.Dicho de otra forma, procurando por mi bienestar, contribuyo al bienestar de la sociedad, por ejemplo el problema del reconocimiento de la mujer directiva no se resolverá (sólo) con acciones dirigidas a promover la igualdad, sino cuando las empresas entiendan que precisan del talento de las mujeres, y cuando las mujeres aporten decididamente sus habilidades de dirección sin frenarse a sí mismas.
La mitad de las mujeres con formación científica y tecnológica de Occidente abandonan voluntariamente sus carreras profesionales hacia los 30 años, con el aparente fin de formar una familia. Quizás hay otras razones más sutiles de ese abandono. Algunos estudios evidencian que las mujeres profesionales son, por lo general, poco dadas a las estrategias de pavo real, más masculinas, que dominan los procesos de promoción en las empresas. Las mujeres reclaman que su trabajo sea evaluado con criterios basados en el mérito, la productividad, o la competencia, más que en la apariencia y el politiqueo organizacional. Cuando se trata de subir en la escalera profesional, la mujer exige lógica, mientras que la organización parece premiar la apariencia. Ante esto, muchas mujeres se frustran, y es entonces cuando deciden aprovechar el momento para tener hijos. Y buscan otras formas de trabajo, más amigables para sus necesidades (y para el injusto reparto de roles que se produce aún en el seno de la mayoría de las parejas).
En fin, que haya más mujeres en la dirección de las organizaciones no es ya una cuestión de género, sino que es una cuestión de negocios. Hay que definir las estrategias, poner las herramientas, ejecutar los programas, que permitan cambiar la forma en que trabajamos. Y hay, en concreto, que aplicar políticas que actúen directamente en el momento justo, el del (“lucha o huida”), que se produce hacia los 35 años de la mujer profesional, para evitar que ésta frene su carrera y desaproveche la aceleración potencial de su talento.
Las empresas que así lo hagan multiplicarán por dos su cerebro, y tendrán, en consecuencia, muchas más opciones de sobrevivir a una era de afilada competencia, a base de poner más inteligencia, más dual, abierta y diversa.





